La pintora Maruja Mallo vuelve del exilio

Entre enero y abril de 2010 la madrileña Academia de Bellas Artes de San Fernando expone una antología de la obra de Maruja Mallo, que vuelve del exilio en la década de los sesenta. Es la mayor hecha nunca sobre la artista hasta ese momento. Y allá que nos presentamos mi padre y yo. Para mí es todo un descubrimiento: desconocía entonces la historia de esta pintora gallega de la Generación del 27 que se marcha a tierras americanas con la guerra civil. Maruja Mallo solo podría regresar a España veinticinco años después.

Probablemente ya había visto a la pintora antes, en alguna otra retrospectiva el surrealismo- al que siempre he sido muy aficionada-. O tal vez en el programa que le dedicó Paloma Chamorro (sí, la de  La edad de Oro) a la pintora. Ya era una anciana estrambótica, olvidada durante décadas en este país. Hasta que se convirtió en musa de la movida en los ochenta, renaciendo el interés por su obra hasta su fallecimiento en febrero de 1995.

Una mujer libre.

Maruja Mallo es gallega, de Viveiro, y su verdadero nombre es Ana María Gómez González. Hay controversia con el año de su nacimiento, pues ella, coqueta, se quitaba años y afirmaba haber nacido en 1909. Pero la fecha real de su nacimiento es siete años antes, en 1902. Con el traslado de su numerosa familia a Madrid en 1922, Maruja se matricula en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, junto con su hermano Cristino. Ambos adoptan como nombre artístico el segundo apellido de su padre: Mallo.

Madrid es en ese momento una ciudad viva y conectada con las vanguardias artísticas que surgen en la Europa de entreguerras. Es la España de la Generación del 27, de la que Maruja forma parte junto con Lorca, Dalí, Buñuel, de quienes la pintora es amiga. Pero Maruja también tiene amistad con el trascendental grupo de mujeres conocidas actualmente como las Sin Sombrero, entre las que se incluyen Margarita Manso -alumna como ella de la Academia, y amiga íntima-, Concha Méndez, Ángeles Santos o Delhy Tejero. Con Dalí coincide en la Academia de Bellas Artes, y por su personalidad transgresora y libre, el artista la califica de “mitad ángel, mitad marisco”. Una imagen totalmente surrealista que anuncia el repertorio icónico del pintor de Cadaqués.

No vamos a hablar aquí de su tormentosa relación con Alberti. O con el también poeta Miguel Hernández. Son de sobra conocidas. Nos interesa Maruja Mallo fuera y aparte de relaciones sentimentales que pudieran acotar su biografía, pues la pintora tiene el suficiente peso específico como para no tener que vincular su nombre sentimentalmente con el de ningún otro artista de la época.

La guerra que lo trunca todo.

Durante la década de los treinta, Maruja viaja a Francia, regresa cargada de ideas, pasa por distintas etapas pictóricas y encuentra una decisiva inspiración en la lectura de las obras de Matila Ghyka, polígrafo y diplomático rumano, que estudian el número áureo. Mallo se convierte en una seguidora fiel de este principio clásico de las proporciones en el arte y la naturaleza y lo desarrollará en su pintura con mayor énfasis durante su exilio. Pero este todavía no ha empezado…

El inicio de la guerra civil la sorprende en Galicia, donde se encuentra de Misiones Pedagógicas, un proyecto de la II República para la culturización de las clases más desfavorecidas. Maruja Mallo se aloja con unos familiares en Tuy y desde allí cruza la frontera a Portugal, donde Gabriela Mistral, embajadora de Chile por aquel entonces en el país luso, le echa una mano. A través de la Asociación de Amigos del Arte, una institución chilena, la pintora recibe una invitación para trasladarse a Montevideo. Después, Maruja se exilia en Buenos Aires, desde el 9 de febrero de 1937. Desde esa fecha hasta su regreso a España en los sesenta, permanece en el continente americano, trabajando y evolucionando como creadora.

En tierras americanas.

La pintora con Pablo Neruda

Maruja se instala a caballo entre Uruguay y Argentina, se encuentra con Pablo Neruda (con quien se dice que también tuvo una relación amorosa), con Jorge Luis Borges… Expone en Nueva York, Francia y Brasil… Serán 25 años de periplo americano. En ese tiempo, se deja atrapar por el colorido del continente americano, por nuevas formas de pintura, aunque la tristeza por encontrarse fuera de su país y por las circunstancias en las que ella se queda tras la guerra civil española se refleja en la inexpresividad de sus personajes. Se trata sobre todo de retratos de mujeres que, según algunos críticos, prefiguran el arte pop  y que protagonizan, entre otras, su serie “Cabezas”. Y en todos ellos la pintora trabaja con la proporción áurea.

También se dedica a pintar naturalezas muertas en las que plantas, conchas y otros organismos marinos de gran colorido se convierten en los protagonistas de sus cuadros. Y como sus cabezas, compuestas bajo el mismo principio clásico del número de oro. Forma parte de este periodo su colección “Naturalezas vivas” y también las “Máscaras”, que reflejan su interés por la cultura popular de sus países de acogida.

Maruja vuelve del exilio.

Comienzan los años 60 y Maruja Mallo decide regresar de su exilio aprovechando una cierta apertura del régimen franquista. Lo hace con miedo, no sabe si puede ser represaliada. Pero para su sorpresa, nadie se acuerda de ella. Maruja,  que había sido una mujer reconocida tanto personal como artísticamente en las décadas de los 20 y 30, regresa siendo una completa desconocida. Y además, como ella misma señala, “mis amigos están enterrados o desterrados”. Son años de soledad, de reencuentro con un país con el que ya no tiene nada que ver. Durante unos años, hasta que renazca el interés por su obra cuando se convierta en musa de la movida madrileña, Maruja se recluye. Primero en un hotel, después en un piso cercano al de su familia, en la calle Núñez de Balboa.

Maruja digiere la experiencia del exiliado. Quizá reflexiona como lo hace María Zambrano en su artículo “Amo mi exilio”: “al exiliado no sólo le roban el espacio, sino sobre todo le roban el tiempo. Siempre estará fuera del tiempo, vuelve a un tiempo que ya no es el suyo”. Quizá es también durante este periodo, cuando Maruja concluye que la soledad es su mayor capital y que las personas se miden por la soledad que soportan.

Una segunda juventud.

La situación cambia cuando nuevos artistas que aparecen en torno al periodo de la Transición y ya a comienzos de la década de los ochenta la redescubren, dándole un nuevo empuje a su vida y su obra. Maruja se convierte en una presencia constante en el mundillo artístico. La decisión de la pintora de volver del exilio comienza a dar sus frutos. Con su hablar novelesco y sus historias alucinantes -¿reales o imaginadas?-, Maruja conquista a una nueva generación de artistas e intelectuales.

Se convierte en la sal de todas las fiestas, con su maquillaje que la asemeja a una máscara faraónica y un abrigo de lince bajo el que se dice que no lleva nada. Maruja se ríe y juega, sin alardear de su glorioso pasado ni de sus conquistas amorosas. Manifiesta sus personales opiniones sobre todo. Profundamente anticlerical, llama mafia santa a la iglesia. Considera como grandes estadistas de la historia a Moisés, Carlomagno y Pericles, y piensa que la muerte la ha inventado la religión para capitalizarse. Adora a la juventud que se ha rebelado tras “los siniestros últimos cuarenta años”. Así lo revela, al menos, en el espacio que le dedica Paloma Chamorro en “Imágenes” de TVE en 1979.

Andy Warhol y Maruja Mallo

Andy Warhol y Maruja Mallo

Ha recuperado el reconocimiento que tanto esperaba a su regreso a su país natal. La invitan a exposiciones, se fotografía junto a Warhol en 1983 en la Galería Fernando Vijande con motivo de la exposición del pintor llamada “Pistolas, Cuchillos, Cruces”, pero también trabaja. Los años 80 ven nacer su última serie pictórica, “Moradores del vacío”, donde Maruja pinta el espacio interestelar, naves espaciales y criaturas cósmicas.

Acto final.

Cuando la pintora Maruja Mallo vuelve de su exilio en la década de los 60, no se puede imaginar que dos décadas después podrá disfrutar del reconocimiento que le fue un tiempo esquivo. Este llega en forma de Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes, concedida por el Ministerio de Cultura en 1982, y el Premio de Artes Plásticas de Madrid. Años después, ya en los 90, le es otorgada la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid y en 1991 la Medalla de Galicia.

También es el momento de las grandes retrospectivas, el repaso a una obra no muy extensa, apenas 130 obras de una pintora meticulosa y exquisita, que dedica mucho tiempo a elaborar cada pintura. En 1992 tiene lugar una muestra fundamental de la artista en la galería madrileña Guillermo de Osma en 1992, con motivo de su 90 cumpleaños, y la exposición en el Centro Gallego de Arte Contemporáneo (Santiago) al año siguiente. ¿Se imaginaba Mallo este reconocimiento tras volver de su exilio? Aunque tarde, parece que en España se le reconoce su valor en la historia de las vanguardias.

Una rotura de cadera la deja postrada y debe ingresar en una residencia para ancianos. Fallece el 6 de febrero de 1995, a la edad de 93 años.

Ver su obra.

En Viveiro, su ciudad natal, está prevista la construcción de un museo permanente y un centro de estudios de su obra, pero para admirar una buena parte de su pintura es necesario visitar el Museo de Arte Reina Sofía, en Madrid, que custodia 22 de sus cuadros, entre ellos algunos tan emblemáticos como “La verbena” (1927), “Antro de fósiles” (1930) o “Canto de las espigas” (1939). Además hay una relevante muestra de sus últimas obras de la década de los 80. Merece la pena acercarse y echar un vistazo a una de las pintoras más originales y personales de nuestro país y disfrutar de su visión del mundo: a veces colorido, a veces siniestro, pero siempre fascinante.

por Olga Salvador Conejo.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *