Censura franquista en la literatura. Salvadorebooks

La censura franquista en la literatura

El autor y la censura

Yo siempre escuché en casa, pero no a media voz, no, sino casi a grito pelao que si “la censura patatín, la censura patatán”… Tierno infante todavía, me preguntaba quién sería esa señora tan mala. Al menos desde el punto de vista de mis padres, modernos de la época, por mucho que lo negasen. Hablaban de la censura franquista en un ambiente que afectaba directamente a nuestra familia: la literatura. Porque mi padre fue escritor, y mi madre la que hacía el denodado esfuerzo de pasar a máquina (Olivetti por supuesto) las cuartillas escritas en garabatos casi ininteligibles por mi progenitor. Ella era la única persona del mundo capaz de transcribirlos.

Justo es reconocerlo: mi padre, Diego Salvador Blanes, jamás dio demasiada importancia al continente. Para él, todo era contenido. En su contenido. Profundo a veces. Divertido, otras. Pero siempre singular, como lo fue él en vida. Un hombre peculiar, culto  y honesto consigo mismo y con los demás en todas las facetas de su existencia.

Cuando tuve edad suficiente, le reproché falta de claridad en su verborrea literaria, muchas veces incontenible y enrevesada. Y sus problemas con la gramática y ortografía, propias de alguien que hacía pellas uno y otro día durante su precaria etapa escolar de postguerra. Con el advenimiento de los procesadores de textos digitales, terminó por tomarse en serio mis recomendaciones y sugerencias y utilizar los correctores de Word, y anteriormente de WordPerfect. Incluso le dio por adquirir libros especializados en enseñanza de ortografía. Felizmente, mis reprimendas no habian caído en saco roto. El continente mejoró sustancialmente y se adecuó a un contenido a menudo excelente. Pero siempre difícil de comprender.

Diego Salvador Blanes sufrió el acoso de la censura franquista, porque él estuvo inmerso en el mundillo literario de este país en una etapa muy negra para nuestras letras. Pero como nada dura eternamente, tras la tempestad vino la calma y escribió lo que le vino en gana. Porque como decía su cuñado Paco, Diego escribía para sí mismo, y no para los demás. Por eso quizás, y por no pasar a través de ciertos oscuros aros, no obtuvo demasiado éxito durante su dilatada trayectoria como escritor. Toda una vida dedicada a las letras. Exceptuando quizás logros relativos como La mujer y el ruido, pero sobre todo, Los niños, premio Lope de Vega de Teatro en 1969.

Mi padre manejaba muy bien el lenguaje, a pesar de las carencias en su formación educativa, propias de aquellos tenebrosos años 40 del siglo XX.

Lenguaje y dictadura

Hablando de lenguaje. Se convierte en peligroso para las dictaduras, que necesitan ignorancia para mantener atada y bien atada (como diría Franco) a la población. Y más todavía un lenguaje bien empleado. Aunque algunos de los censores de las dictaduras no se enteran de la misa la mitad si el mensaje está bien oculto. Un recadito que alcanza a todos aquellos que lo sepan interpretar. Casi siempre una exigua minoría. En España, durante el período franquista, un buen porcentaje de los que ejercieron la censura fueron zafios y groseros y sólo eran conscientes de mensajes igualmente toscos que conseguían desentrañar sin mucho esfuerzo.

La censura fue un medio de ganarse la vida como otro cualquiera. Los censores más peligrosos para la intelectualidad de cualquier signo eran obviamente los más cultivados e inteligentes, que también los hubo. Pero no fue lo habitual. Intelectuales del régimen también corrían el riesgo de ser censurados. El falangista de primera hora Dionisio Ridruejo fue un buen ejemplo.

Al otro lado de la barrera, la dictadura también creó su propio lenguaje, con la finalidad de ejercer un dominio real y eficaz sobre los dominados. Y aquí el mensaje debía ser transparente, pues su finalidad era que todos lo entendieran. Quién era el que mandaba aquí y lo que podía suceder si te salías del tiesto lo más mínimo. O lo que el régimen consideraba desobediencia, pues en ocasiones cualquier nimiedad podia alcanzar ese estatus.

El régimen de Franco se dotó de un lenguaje muy ideologizado, grandilocuente, imperial y relamido, empeñado como estaba en armar una pesada maquinaria de propaganda estatal al estilo de estados totalitarios como la Alemania nazi o la Italia fascista. O de la URSS, también cerrilmente totalitario, pero de signo contrario. Pero no seguiremos por esta senda. Pues tratamos de la censura franquista en un ámbito muy concreto, el de la literatura.

El inicio de la censura franquista

La censura comenzó pronto. Casi desde el mismo día del alzamiento, cuando el general Saliquet impuso un férreo control a todos los medios de comunicación de la zona ocupada. Al fin y al cabo, el pronunciamiento militar (belicoso golpe de mano característico sobre todo de la España decimonónica) comenzaba a derivar en cruentísimo conflicto civil. Y una guerra es una guerra, no lo olvidemos, en la que la primera víctima es la verdad. Cada bando se afana en ello.

Pero la cosa no finalizó ahí. De hecho acababa de empezar. Se quemaron públicamente libros, como en la Alemania hitleriana. En abril de 1939, tras la victoria nacional se celebró la Fiesta del Libro, con una hoguera a la que fueron de cabeza obras de Voltaire, Marx, Freud o Rousseau.

Con la Ley de Prensa de 1938 diseñada por el jurista Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco, el Gobierno nacional controlaba cualquier tipo de manifestación cultural. Esta ley, nacida con carácter provisional, estuvo vigente nada menso que hasta la promulgación en 1966 de la Ley de Prensa de Manuel Fraga, aparentemente menos restrictiva. Y digo solo aparentemente, porque los tiempos habían cambiado y era menester proporcionar un lavadito de cara a las manifestaciones más rancias del régimen. Con la Ley de 1966 las autoridades podían retirar de la circulación cualquier libro considerado inaceptable, lo que estimuló la autocensura de autores, editores y traductores. Y la imaginación…

También se purgaron las bibliotecas públicas. Títulos como La Celestina de Fernando de Rojas, Sonata de otoño, de Valle-Inclán, Poesías completas de Antonio Machado, La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, Guerra y Paz de Tolstoi o Crimen y castigo, de Dostoievski desaparecieron como por arte de magia de los catálogos por mor de la censura franquista en la literatura. No sé cómo lo hizo mi padre, pero él nos contaba que se colaba en la Biblioteca Nacional y se hacía con títulos prohibidos que leía ávidamente y con más miedo que siete viejas por si le pillaban cometiendo tan flagrante delito.

Censura y manipulación del pensamiento

¿Y qué decir de la censura de los libros escolares, en aras de la uniformidad ideológica y borreguesca de la población?

Recuerdo perfectamente los textos de parvulitos y de primaria en los que aparecían frases fastuosas como “Viriato, primer caudillo español”. Esa se me quedó grabada a fuego. Se manipulaba, se recortaba la historia a diestro y siniestro, siguiendo las pautas morales, sociales y religosas conservadoras imperantes emanadas de las sesudas cabezas pensantes del régimen. Estado e Iglesia en comandita, unidas en fructífero frente común.

Y es que la censura es inaceptable en una sociedad democrática (aunque como las meigas, haberla, hayla). Es un abuso de autoridad en contra del derecho a la libertad de expresión. Hubo libros que si bien no fueron prohibidos (del todo) fueron gravemente alterados y manipulados, perdiendo el significado original que quiso dar su autor. Algo casi peor. De hecho, todavía circulan en las librerías traducciones de clásicos de la literatura aprobadas por la censura franquista, que extiende aún sus tenebrosos tentáculos hasta nuestros días.

Autores como Ira Levin, George Orwell, Ian Fleming, Muriel Spark, Ernest Hemingway, James M. Cain, Bill S. Ballinger, Henry Miller y James Baldwin vieron como sus textos se manipulaban, ultrajaban, cuando eran publicados en nuestro país.

Censura tosca y zafia

Ya dije antes que la censura era tosca, zafia y grosera en muchas ocasiones. Solían poner el foco en muestras superficiales: titulares de prensa, artículos de periódico, escenas cinematográficas… En las películas un beso era censurado para satisfacer la rancia e hipócrita pacatería eclesiástica, ante los silbidos del respetable cuando el bello momento se aproximaba y era “sutilmente” cercenado. En las salas de cine de las ciudades, en los cines de la plaza del pueblo, la gente de la época apostaba con los compañeros de asiento el momento del tijeretazo. Y es que los censores no dejaban de ser ciertamente previsibles, al menos en asuntos cinematográficos…

Política, sexo, malas costumbres y religión eran especialmente vigilados por los censores. Bueno, vigilaban como buenamente podían. Porque nadie se explica como pudo publicarse en 1942 una novela tan dura y descarnada como La familia de Pascual Duarte, por mucho que Camilo José Cela fuese hombre de derechas. Eso sí, parece que alguien más espabilado se dio cuenta de la denuncia social que escondía la obra y se optó por prohibir la segunda edición. La colmena, obra del mismo autor, fue vetada en 1946 y Cela expulsado de la Asociación de Prensa de Madrid por malote. Pero no duraron mucho estas sanciones al futuro Nobel de Literatura, que durante los durísimos años de la posguerra se ganó las habichuelas como censor.

Después de la merecidas vicisitudes que pasaron las obras de algunos (demasiados) autores, es de risa que fuese multado el diario ABC en 1939 por publicar el siguiente anuncio:

“¡Como una fiera acecha el vino malo a tu salud! Toma uno de Jerez y tu salud será eterna. ¡Para excelencia, González Byass!”

Algo violento el texto, sí. No sé en que estaría pensando el avispado publicista, pero le salió el tiro por la culata, pues el censor entendió que con “excelencia” se refería al ínclito inquilino de El Pardo. Es tan solo un botón de muestra de cómo se las gastaba la censura franquista.

A pesar de todo, la censura logró su inicial propósito de control lingüístico, periodístico y político en la depauperada España que surgió tras la brutal guerra fratricida de 1936-1939. Pero ese control que pretendía ser exhaustivo derivó en la estimulación cada vez más sutil de la imaginación de aquellos contra quienes se dirigía: periodistas, dibujantes, guionistas y literatos, fundamentalmente. Mi padre no entendía cómo le podían censurar frases de lo más inocente y en cambio dejasen pasar otras con bastante más mala leche. Le ceguera del censor, sin duda, que veía el mal donde no lo había y en cambio, era incapaz de discernir la crítica mordaz donde sí existía.

Censurados, represaliados, exiliados…

Obras de autores como Ana María Matute, Dolores Medio, Armando López Salinas o Francisco Ayala quedaron definitivamente inéditas a causa de la acción de la censura franquista en la literatura española de la época.

Una práctica habitual de la censura era mutilar ferozmente las obras, haciéndolas pasar por “versiones íntegras”. Mi padre sufrió sus efectos en su obra ganadora Los niños. Recibió tantos cortes y recortes para su estreno en salas de teatro que el texto quedó desfigurado e irreconocible para el propio autor, quien no quiso reponsabilizarse del resultado censurado. También en el ámbito teatral, autores como Fernando Arrabal o Alfonso Sastre fueron especialmente fustigados por el siniestro látigo de los censores.

Como cabía esperar, los poemas de quienes se habían proclamado abiertamente republicanos, como Rafael Alberti, Federico García Lorca, Miguel Hernández y otros fallecidos en circunstancias crueles o exiliados, no se pudieron publicar hasta la década de los 60, en la que por fin se amnistiaba de cuando en cuando a los antaño represaliados. Otros como Gabriel Celaya o Blas de Otero, que decidieron permanecer en España, tuvieron que elegir a veces entre el silencio o publicar en el extranjero.

Los redactores de la revista Triunfo eran maestros en burlar a la censura. Sus artículos estaban escritos en “un lenguaje medio cifrado (…) que los poderes no entendían”. Y no sólo ellos. El Capitán Trueno, el perfecto “caballero español” no podía considerarse una exaltación del franquismo, por mucho que algunos se empeñasen.

La censura franquista en la literatura, con su cohorte de prohibiciones, mutilaciones y manipulaciones distorsionó hasta la náusea el pensamiento de centenares de escritores respecto a temas sociales, económicos, religiosos o lúdicos, por no hablar de la Historia, víctima propiciatoria sacrificada en el altar de una rancia y bizarra ideología totalitaria asfixiante.

Por Diego Salvador Conejo

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