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El regreso a España del Guernica

El 10 de septiembre de 1981 fue una fecha memorable para la el mundo de la cultura española. Y en general para el orgullo patrio. Porque fue el día del regreso a España del Guernica, aquel gigantesco cuadro pintado por Pablo Picasso. En él retrató los horrores de la guerra, encarnados en el bombardeo de la población vasca por la Legión Cóndor en 1937. Mis recuerdos del hecho toman en este caso el aspecto de una nebulosa, pues no terminé de procesarlo bien. En mi descargo, he de decir que 1981 fue el año del 23-F o del llamado Caso Almería, que me impactaron bastante más a mis 16 años.

El famoso lienzo se trasladó a España en el Boeing 747 EC-DLD Lope de Vega, en un vuelo comercial de Iberia.  Procedía del aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, y aterrizó en Barajas (hoy Barajas-Adolfo Suárez) a las 8:27 de dicho día 10. Muchos de los 319 pasajeros que acompañaron al Guernica ignoraban la compañía de tan ilustre pasajero hasta que tomaron tierra y el comandante de la aeronave, Juan López Durán, lo anunció por megafonía. Muchos se quedaron de piedra. Otros no, claro, pues conocían la preciada mercancía que transportaban y escoltaban con sumo cuidado.

El Guernica fue un encargo del Gobierno de la II República española al artista malagueño residente en París, para el Pabellón de España en la Exposición Internacional de París de 1937. El tema, en buena lógica, debería estar relacionado con la brutal contienda civil que se desarrollaba en España en aquellos momentos, como una forma de propaganda para el bando republicano. Picasso terminó aceptando por 150.000 francos franceses. Si bien en principio no tuvo claro cómo iniciar el trabajo, las noticias que llegaron de la destrucción de Guernica por los aviadores alemanes el 26 de abril de ese año 1937, le proporcionaron casi de inmediato la inspiración. Una vez terminada la pintura, y tras ser expuesta en París, comenzó un largo periplo por diferentes ciudades, en el que se trataba de recabar apoyo de todo tipo para una República que se encaminaba inexorablemente hacia el abismo.

Por decisión del propio Picasso quedó custodiada finalmente por el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), hasta que la pintura aterrizase en nuestro país una vez restablecida la democracia. Y es que Franco, a través de su delfín, el Almirante Carrero Blanco, quiso traer a España el cuadro en una gran operación de lavado de imagen del régimen en 1968. Pero le salió el tiro por la culata, pues Picasso y el propio MoMA lo impidieron. En 1981, y tras 44 años de exilio (42 en el MoMA), se daban ya las condiciones para el regreso a España del Guernica.

No obstante costó, y mucho, traerlo. Ya que una cosa eran los deseos primigenios del genial pintor malagueño y otra la de sus herederos que no estaban muy por la labor del regreso a España del Guernica. Por no hablar de la propia dirección del MoMA, que dio a las autoridades españolas todas las largas que pudieron y más, pues temían por la seguridad del cuadro. O eso comunicaron a las autoridades españolas. Pero el Gobierno de Adolfo Suárez se lo había tomado como “algo personal” y echaron un órdago tras otro.

El entonces ministro de Cultura, Iñigo Cavero y el director general de Bellas Artes, Javier Tusell (quien por cierto, fue profesor mío de Historia Contemporánea en la UNED) fueron quienes bailaron con la más fea. SE encargaron de convencer a los herederos de Picasso y a los responsables del museo neoyorkino de las bondades de traer la obra maestra a España.

Pero quien dio el golpe definitivo en la mesa de la durísima negociación con los demás actores del drama fue el abogado del Estado Joaquín Tena. Aseguró a los del MoMa algo así como que el cuadro debía estar, sí o sí, en España para el 25 de octubre, día del centenario del nacimiento de Picasso. Amenazó con que el Estado español iba a meter un pleito de no te menees al MoMA si sus gerifaltes no firmaban la autorización de salida de la pintura.

El Museo de Nueva York cedió por fin a las presiones españolas. Y allí se personaron Cavero, Tusell, Álvaro Martínez-Novillo, por entonces subdirector de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura y José María Cabrera, director del Instituto de Restauración. Según explicó Martínez-Novillo en una entrevista muchos años después de los hechos, el cuadro se descolgó y enrolló por la noche, con gran discreción, tras el cierre del museo al público ese mismo día 9 de septiembre de 1981. La presidenta del MoMA, Blanchett Rockefeller entregó solemnemente el cuadro al ministro Iñigo Cavero.

La expedición española salió pies para qué os quiero con tan preciada mercancía hacia el aeropuerto. Pero parecía que los hados no deseaban la salida del Guernica hacia Madrid, confabulándose en su contra. Pues esa misma noche Nueva York sufrió un apagón que dificultó de alguna manera el traslado de la legación española y su “paquetito”. Una vez solventados los problemas, bien está lo que bien acaba. Según dijo el ministro Cavero ya de vuelta en Madrid, “hoy regresa el último exiliado“.

Toda la operación rescate se había llevado en un ambiente de gran secretismo y discreción, dignos de las películas de 007. No se filtró información alguna desde el MoMA hasta pocas horas antes del anuncio oficial. Para entonces el lienzo ya había partido hacia Madrid. Como una curiosidad más, decir que el Guernica carecía de póliza de seguro debido al valor incalculable de la obra y el altísimo significado político que confirió a la misma su autor.

El 10 de septiembre de 1981, todo estaba preparado en el Casón del Buen Retiro (dependencia del madrileño Museo del Prado) para el anhelado regreso a España del Guernica. Y aquí fue recibido con todos los honores, tras su largo exilio norteamericano. No hicieron falta restauraciones importantes para su exposición. Pero no fue su lugar definitivo de reposo. Después de 11 años, en 1992, fue trasladado al Museo Reina Sofía, aunque el deseo original de Picasso fue que su obra fuese expuesta en el Museo del Prado. Hoy día parece bastante claro que el Museo Reina Sofía se abrió para albergar el Guernica, como icono artístico y político del convulso siglo XX.

por Diego Salvador Conejo

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