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El Gayo Vallecano

El Gayo Vallecano fue un colectivo teatral y en general dedicado a la difusión de la cultura fundado por Juan Margallo, Fermín Cabal y Luis Matilla, que tuvo su sede en el colegio Raimundo Lulio, en el populoso barrio madrileño de Vallecas. Todos ellos eran viejos conocidos de nuestro padre, Diego Salvador Blanes, que también fue un teatrero de tomo y lomo durante casi toda su vida. El Gayo Vallecano estuvo activo entre 1978 y 1984 y fue un intento de aproximar la cultura a los barrios y así descentralizar las representaciones teatrales, que tenían lugar casi exclusivamente en locales céntricos de la capital madrileña. No duró mucho. Pero su breve periplo fue intenso.

Comenzó a funcionar en otoño de 1978, y entre los objetivos de esta asociación dependiente del Centro Cultural Ciudadano Fuenteovejuna estuvieron la divulgación de actividades relacionadas con el cine, la música y el teatro. Pero también se organizaron cursos para niños y adultos, y fue un lugar de dinamización cultural de un barrio de extrarradio como Vallecas, inmerso en cierta marginación de todo tipo que nunca se ha conseguido superar del todo, a pesar de los esfuerzos de algunos colectivos vecinales, muy concienciados en el hecho de que sin cultura no existe avance social. Ni moral.

El primer acto fue la obra teatral de Salvador TávoraHerramientas”. Como siempre que se habla de cultura, y más en un barrio como Vallecas, el problema es el dinero. Afortunadamente el citado colegio cedió parte de sus instalaciones al Gayo Vallecano en la avenida de San Diego, 63, en concreto una sala de capacidad para 850 personas. Pero ni el ministerio de Cultura ni el Ayuntamiento de Madrid se distinguieron jamás por su excesiva generosidad para con el proyecto. Cultura y además en Vallecas. Inadmisible.

Visto lo visto, el monto principal de ingresos que entraba en la asociación Gayo Vallecano fue a través de la constitución de una compañía estable de teatro, que se encargó de montar representaciones a lo largo de todo el año. Precios asequibles para un barrio humilde.

Una anécdota personal para ilustrar dónde se metían los impulsores del Gayo Vallecano. Yo debía tener 16 ó 17 años y un viernes por la tarde, antes de salir de farra, me acerqué con unos amigos a ver una obra de teatro, creo recordar de Valle-Inclán. El caso es que unas filas más adelante de nosotros, se encontraban un grupillo de chavalines, de unos 10-12 años a quienes la representación no debía interesar nada de nada, pues se dedicaron a reventarla: risas, comentarios jocosos, cuchicheos, eructos,… ¡Hasta alguna ventosidad se escuchó! En fin. En un momento dado y después de un buen rato del jolgorio, uno de los actores soltó un sonoro exabrupto que creo recordar fue algo así como “¡Ya está bien, joder, ya está bien!”. Por un instante jugué con la idea de que fuese una frase de la pieza, pero tan sólo fue un segundo, pues la obra paró. Los actores, que precisan de una enorme concentración para desarrollar su trabajo, explotaron. En la primera fila estaban unos cuantos profesores del instituto de secundaria Tirso de Molina, otro de los referentes culturales del barrio, y al cual tuve la fortuna de asistir como alumno. En aquellos días, debía estar cursando 3º de BUP o COU, no recuerdo bien. Son tantos años ya…. El caso es que los docentes, se levantaron con caras de muy pocos amigos, y expulsaron de la sala con cajas destempladas a los infantiles protagonistas de la improvisada juerga. Y puedo jurar y perjurar que no volvieron a entrar en el recinto. Al menos aquel día, pues la reprimenda que les cayó fue de órdago. Después del incidente, y como si no hubiese pasado nada, los actores y el público asistente volvió cada uno a sus tareas. Aquello terminó de buenas maneras, y mis amigos y yo concluimos la tarde con la ingesta de unas bien merecidas litronas. Eran otros tiempos.

Desde su fundación, el Gayo Vallecano contó con gran apoyo profesional, para la impartición de cursillos que interesasen a la recia población vallecana. Entre estos profesionales había amigos y conocidos de nuestro padre, y de los que estuvimos oyendo hablar a nuestros progenitores durante toda su vida. Me refiero entre otros a José Monleón, Jerónimo López Mozo, Ángel García Pintado o  el propio Luis Matilla, uno de los fundadores del Gayo.

Pero las persistentes dificultades económicas provocaron la desaparición definitiva el 9 de enero de 1984. El Gayo Vallecano, el proyecto de teatro popular (y de otras actividades vecinales) que mejor entendió las necesidades de un barrio como Vallecas, cerró sus puertas.

Durante estos años se impartieron cursillos de creatividad para niños, de expresión corporal, de interpretación para adultos, de improvisación del método, de fotografía, de cerámica, de música. Se puede decir que su única fuente de ingresos fue la venta de entradas para representaciones teatrales a precios populares. “Con lo que sacamos no podemos cubrir jamás los gastos”, dijo apesadumbrado Juan Margallo al final de este apasionante proyecto. El mismo Margallo aseguró estar saturado de andar todos los días pidiendo ayudas económicas de las instituciones para mantener a flote un proyecto tan trascendental como éste para una barriada obrera tan desfavorecida como Vallecas.

En total, fueron más de 800 representaciones, 100 cursillos, 50 recitales, teatro para adultos y teatro infantil, cursos de expresión corporal, de improvisación, de mimo y otras actividades las que formaron parte del intenso y extenso bagaje del Gayo Vallecano a lo largo de algo más de cinco años de andadura. Algunos de los grandes éxitos del Gayo Vallecano fueron “Ahola no es de leil“, de Alfonso Sastre, cuyas representaciones dejaron un día sí y otro también fuera de la sala a gran parte del público, por estar el recinto literalmente abarrotado. Y lo mismo ocurrió con los montajes de “Perdona a tu pueblo, Señor” (obra musical satírica del propio Margallo) o “Las picardías de Scapin“, de Molière.

El último montaje del Gayo Vallecano,desde el 9 de diciembre de 1983 hasta el cierre definitivo fue fue una pieza de García Lorca, “El retablillo de Don Cristóbal“, una obra para títeres.

por Diego Salvador Conejo

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