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Del Mito a la Arqueología

Del mito a la arqueología, un largo y tortuoso camino (Beatles dixit) que la Humanidad ha recorrido a través de los siglos. Y más aún, a través de los milenios.

Entre los mitos más conocidos por nosotros, los europeos, se encuentran, ¡cómo no!, los griegos, que cantan a una inconcebible Edad de Oro de la Humanidad, que coincide con un también inconcebible tiempo de la abundancia y de la paz. Pero ¡ay! Esta etapa única y feliz no podía durar mucho. El ser no humano no lo permitiría. Y en efecto, no lo permitió. A esta Edad de Oro le sigue una Edad de Plata, una más de Bronce y por fin, una de Hierro, en las que los hombres se van sumiendo paulatinamente en el caos, la miseria y la barbarie. Los hombres de la Edad del Hierro (que no es la misma de la que tratan los historiadores/prehistoriadores modernos, claro) según la mitología griega son los que crean el mito de que cualquier época pasada fue mejor.

En tiempos de los romanos, Ovidio era de la opinión de que la Edad de Oro era aquélla en la que los hombres aprendieron por sí mismos. Lucrecio, en cambio, pensaba que la Humanidad había progresado desde la bestialidad más primitiva hacia una Edad del Hierro, quemando etapas en las que se van inventando el lenguaje, las técnicas metalúrgicas, las agrícolas y la sociedad.

Más tarde, y un tanto fuera de los cánones clásicos, las creencias cristianas ofrecieron una cronología clara y precisa del mito, que toma la forma de una historia pretendidamente real. Uno de los libros que componen la Biblia, el Génesis, es un mito de origen que se inicia con la creación del Universo y continúa con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios. Pero todavía en esta etapa, del mito a la arqueología queda un largo trecho. Los descendientes de estos primeros seres humanos, de estos padres ancestrales, fueron borrados de la faz de la tierra por la justa ira de Dios, que descargó un Diluvio de catastróficas consecuencias al considerar que sus hechuras se le habían ido de las manos, y se habían abandonado a la molicie y la maldad. Pero tuvo la divina habilidad, pues Dios es omnisciente, omnipresente y perfecto, de salvar a Noé y su familia, quienes a su vez se pusieron a engendrar nuevos descendientes, como era menester, y de los que proceden todos los pueblos del mundo. Esta visión cristiana fue la predominante en Occidente durante cientos de años, y ¡ay de aquél que no la tomase al pie de la letra!

Y avanzando un poquito más en el sendero del mito a la arqueología, podemos considerar que en los albores de esta última ciencia, los huesos humanos hallados y asociados a animales desaparecidos hacía la torta de años, eran considerados antediluvianos. Cada nación cristiana adaptó a su particular idiosincrasia los mitos de origen comunes, basados en la gran tragedia del Diluvio bíblico, que algún antiguo hecho desastroso debía conmemorar, como buen mito. Todo este batiburrillo de “verdades” o medias verdades, pasadas por la batidora nacionalista arrojaron como resultado el gran axioma nacional, el dogma que tenían que aprender por el artículo 33 todos los miembros de la comunidad desde pequeñitos. Pero este dogma comenzó a resquebrajarse según la Arqueología fue adquiriendo un carácter cada vez más científico y sistemático. Pero todavía a finales del científico siglo XIX, incluso los más eruditos se encuentran enfrentados a tres dogmas de fe: la creación del hombre, el Diluvio universal y la cronología bíblica, a los que no había forma de encajar en el puzzle que los nuevos descubrimientos científicos estaban construyendo a marchas forzadas.

Los más adelantados y sesudos hombres de ciencia del siglo XIX, entre los que se encontraban incipientes arqueólogos aficionados y algunos más profesionales, se hicieron preguntas del tipo: si solamente se produjo un diluvio, una sola catástrofe universal, ¿cómo explicar las huellas de cataclismos sucesivos inscritos en las capas terrestres? ¿Cómo aceptar la cronología bíblica, tan precisa que asigna a cada hecho relatado una fecha tan exacta? Entre los conservadores círculos de la comunidad científica decimonónica, se remontaba la Creación al año 6000 a.C. Entre Adán y el Diluvio transcurrieron exactamente 2262 años. Otros más atrevidos o respondones cambiaron estas fechas por 4000 a.C. y 1656 años, respectivamente. A pesar de estas leves discrepancias, en el fondo la cronología bíblica continuaba apareciendo como la oficial. Al fin se fue extendiendo la idea, durante el propio siglo XIX y aún en las primeras décadas del XX, que estas fechas no había que tomarlas al pie de la letra. Y llegó el momento en que incluso algunos de los teólogos más recalcitrantes aceptaron, eso sí a regañadientes, que era necesario interpretarlas en un sentido simbólico y alegórico. Aunque para algunos todavía hoy día, y a pesar de las certezas en contra de esta ancestral afirmación, la Creación tuvo lugar alrededor de 4000 años antes de Cristo. Pero en fin, ésa es otra cuestión.

La idea tradicional en cuanto a la creación del hombre se fue derrumbando gracias a las evidencias que iban proporcionando tacita a tacita los descubrimientos de los científicos naturalistas, cuyos datos confirmaron que la Humanidad surgió progresivamente y no de golpe y porrazo por la gracia de Dios, como aseguraba el texto sagrado. Habíamos avanzado una barbaridad en el delicado asunto del paso del mito a la arqueología.

 

por Diego Salvador Conejo

 

2 comentarios
  1. JohnsonWax
    JohnsonWax Dice:

    Salvattore, aun no te habias percatado que cada civilización, Religion, etc… se crea a partir de una preexistente (antediluviano), mejora a la anterior purificandola y reseteando sus creencias (Diluvio o Cataclismo) y llega a la Felicidad (Dogma)
    Saluttazzione y sigue dando caña

    Responder

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