Buero Vallejo, posibilidad frente a censura

Antonio Buero Vallejo. La posibilidad frente a la censura.

Buero Vallejo (Guadalajara, 1916-Madrid, 2000) es uno de los grandes autores teatrales del siglo XX español, considerado a su muerte por Alfonso Sastre, su antagonista en la dura polémica sobre el posibilismo durante el franquismo, como un “digno epígono de la generación del 98”.

En 1948 recibe el Premio Lope de Vega de Teatro con la obra Historia de una escalera. La obra se estrena el 14 de octubre de 1949 en el Teatro Español, donde permanece durante semanas, impidiendo que se estrenara el habitual Tenorio que, coincidiendo con el 1 de noviembre, ocupaba la escena de dicho teatro. La obra estuvo en cartel seis meses. Como recordaba el propio Buero en una entrevista concedida a la revista Triunfo en septiembre de 1981, la cola del público para asistir a la función bajaba por la madrileña calle del Prado. Lo curioso del caso es que nadie del tribunal que eligió la obra como ganadora sabía que su autor había sido represaliado tras la guerra civil y que a partir de ese momento se convertiría en un habitual de la escena española, pues prácticamente todas sus obras escritas durante el periodo franquista fueron estrenadas, con la excepción de La doble historia del doctor Valmy (1964), donde Buero Vallejo lanza un duro alegato contra la tortura y que fue estrenada antes fuera de España que aquí, haciéndolo en enero de 1976, cuando el dictador ya había muerto.

El caso es que cuando se convoca el premio Lope de Vega en 1948 -no se hacía desde 1935- el jurado estaba dividido entre nacionalcatólicos y falangistas, y cada grupo tenía a su autor elegido para recibir el premio decano del teatro en España. Para resolver el problema, se decidió conceder el galardón a Buero Vallejo, un desconocido…. O no tanto. Al cabo de unos días el jurado pudo averiguar quién era tal autor, lo que habla mucho de la estulticia de la época: Buero, de 30 años, que había estudiado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, era hijo de militar –fusilado por el ejército republicano en 1937 en Paracuellos – y había intentado alistarse voluntario en la Guerra Civil, pero su padre se lo impidió. Durante un tiempo, el joven Antonio ayuda a la causa republicana desde la Academia pintando carteles y murales destinados a la preservación de los bienes culturales.

En 1938 Antonio es llamado a filas y destinado en los servicios sanitarios en Benicasim, donde coincidió con el poeta Miguel Hernández, enviado allí para ingresar en un Hotel de reposo para combatientes. Durante la guerra, se afilia al Partido Comunista y es destinado a la jefatura de Sanidad de Valencia. Finalizada la guerra, primero entra en un campo de concentración y después es encarcelado por adhesión a la rebelión y condenado a muerte. Tras ocho meses de espera para la ejecución de la sentencia, se le conmuta la pena por treinta años de cárcel. Conoce la prisión de Conde de Toreno –donde dibuja el famoso retrato de Miguel Hernández, con quien vuelve a coincidir-, Yeserías, El Dueso y Ocaña. A su salida de la cárcel, en 1946, el futuro autor es desterrado y se traslada a vivir a Carabanchel. Sin pasaporte. Sin posibilidad de salir del país.

En el Ateneo de la capital madrileña escribe la obra que le hará entrar en el teatro de los siguientes treinta años, escribiendo sobre la miserable situación del país tras la guerra civil primero y después bajo la dictadura franquista. Escribía de forma indirecta, pero el público siempre supo interpretar sus intenciones críticas. Así pues, el gobierno franquista le daba el prestigioso premio a un comunista desterrado, dentro de Madrid, en el barrio de Carabanchel. Pero ya no había marcha atrás.

Historia de una escalera cuenta la vida de un grupo de vecinos que representan simbólicamente la sociedad española del momento. Hablar de situaciones reconocibles en la España de la época pero situándolas fuera de contexto, fue entre otras la principal estrategia del autor para alejarse de su tiempo y así poder escribir sobre los temas que le preocupaban, sorteando la censura franquista. De este modo, el teatro de Buero Vallejo puede clasificarse en dos grandes líneas de escritura. Por un lado, la del teatro simbólico-realista, como la citada Historia de una escalera (1948), El Tragaluz (1967) o La Fundación (1974). La otra gran línea teatral en que puede clasificarse su ingente producción (un total de 27 textos teatrales) es la del teatro histórico-crítico, cuyas obras más representativas son Las Meninas (1960), El concierto de San Ovidio (1962) o El sueño de la razón (1970), entre otras.

Buero Vallejo siempre se las arregló para que sus obras se pudieran estrenar bajo la censura del régimen, lo que le granjeó numerosas críticas. La más acerada, la más dolorosa, es la de Alfonso Sastre (Madrid, 1926), quien en 1960 y a través de las páginas de la revista teatral “Primer Acto” lo acusa de posibilista: en lugar de optar por el exilio, Buero decide quedarse para escribir y estrenar bajo la censura. Como explicó Francisco Umbral en uno de sus artículos, se trataba de “pisar siempre la raya de la libertad hasta que el poder diga basta”. Trabajar desde dentro, estrenar casi todas sus obras de teatro con la única excepción que ya hemos citado de La doble historia del doctor Valmy, provocó que muchos autores y críticos lo tacharan de colaboracionista. En la citada entrevista a la revista Triunfo, Buero Vallejo se defiende: “yo dije, repito y repetiré, que todos éramos posibilistas, incluso los que censuraban el posibilismo”.

Años después, a la muerte del autor, Alfonso Sastre escribe en la revista El Cultural de El Mundo las siguientes palabras que zanjan la dura polémica entre ambos y que explica muy bien el ejercicio creativo bajo la dictadura franquista: “En aquella polémica sobre el posibilismo entre Buero Vallejo y yo (durante los años todavía duros del franquismo), ambos teníamos razón o, por lo menos, una parte de la razón. Él la tenía en que la ignorancia, por muy irónica o socrática que fuera, de la existencia de la censura, conducía a la inoperancia. Yo la tenía en que una presencia demasiado fuerte de la censura en el ánimo del escritor comportaba el riesgo de interiorizarla (autocensura). El resultado fue evidente. Mi obra fue prohibida en su casi totalidad durante aquellos años, mientras que él consiguió que sólo una obra le fuera prohibida. A ambos nos unía una misma repugnancia hacia la dictadura; pero sufrimos este gran desencuentro”.

Buero congrega en sus estrenos teatrales a un público numeroso, ávido de ver levantarse en el escenario una profunda crítica al régimen, pero también un reflejo de la trágica situación del ser humano, enfrentado a su destino, tanto social como individual y metafísico. Sus personajes suelen estar dotados de alguna tara física que los convierte en representantes del ser del ser humano en el mundo, enfrentados a la angustia de vivir, a la falta de esperanzas y de libertad, a la opresión, a la miseria… En definitiva, el gran tema de la obra de Buero Vallejo es la tragedia de vivir.

En palabras de Adolfo Marsillach en el estreno de El tragaluz (1967), “la gente iba a ver el teatro de Buero para descubrir sus símbolos, para ver qué decía entre líneas. Y decía cosas muy gordas y otras que estaban y no todo el mundo sabía descubrir”. En 1999, Buero Vallejo estrena su última obra, titulada Misión al pueblo desierto, y fallece un año después. El autor ha conseguido ver estrenadas todas sus obras, ser nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua en 1971, obtener el Premio Cervantes en 1986 y el de las Letras en 1996.

En julio de 2017, el hijo del autor, Carlos Buero, entrega a la Biblioteca Regional Joaquín Leguina de Madrid un total de 29 manuscritos de su obra, junto con otros 12 de artículos periodísticos y discursos, que se encuentran a disposición del público, para todo aquel que quiera conocer de primera mano la dramaturgia de uno de los escritores teatrales de primer orden que ha conocido la escena española.

por Olga Salvador Conejo

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